AMANECER EN TÚQUERRES (1961)

Por: Eduardo Rosero Pantoja.

Despertarse en Túquerres en ese lejano año de 1961 era una verdadera dicha, para propios y extraños. Éstos ya sabían que había que estar adecuadamente vestidos, por ni el frío ni el calor no son ni buenos ni malos. Hace falta adecuarse a las circunstancias, de lo contrario no podría vivir la gente, ni en zonas árticas, ni en los calores de los desiertos mesoasiáticos. Entonces los anfitriones de nuestros eventuales visitantes les contábamos que aquí había que usar bufanda para tener permanentemente abrigado el “termostato humano”, que está ubicado en la base del cráneo y que también era necesario un gorro, sobre todo poder pasear por las noches. No tenía ningún problema tomar la ducha fría a la mañana, porque en esa época no había duchas de agua caliente, de manera generalizada, ni siquiera en Bogotá. Solucionado el asunto del vestir, todo marchaba a las mil maravillas.
A las cinco despertarse con el canto de los gorriones, los juicios, las alondras y las mirlas, una verdadera dicha. Pero aún mejor verlos revolotear en el huerto de la casa, esperando que la gente se levante para que les obsequie algún granito de arroz cocido o cualquier otro alimento. No tiene comparación la dicha de ver despertar la mañana en estos parajes fríos, los vidrios aún con la escarcha de la noche, los charcos congelados y, todo en silencio del mundo, porque los sapos ya estaban durmiendo después de su y nocturnal serenata. Un poco más tarde ver los colibríes al rayo de sol, buscando néctar -lo mismo que las abejas negras- de multitud de las plantas que cultivaba mi abuela, en especial de la oculta, un árbol lleno de flores rojas y pétalos en forma de pico.
El sol aparecía por el flanco izquierdo de la cordillera central, en una región intermedia entre Sapuyes y el antiguo Calcán. Al asomarme por la ventana de mi alcoba y, corriendo los visillos, yo podía ver el espectáculo de los nevados Chiles y Cumbal, siempre cubiertos de nieve perpetua. A veces -en días muy despejados- también se divisaba el Cayambe, también de cresta blanca, ubicado en la hermana República del Ecuador. Por ese tiempo yo no era consciente del magnificente espectáculo que yo veía desde temprana edad. Sólo cuando salí de mi ciudad a los 17 años supe que nos nevados no abundaban en Colombia y con nostalgia los he vuelto a ver las pocas veces que he tenido la suerte de regresar a mi terruño.
Tantas otras cosas que añoro, como el olor mismo de la tierra, de los pastos, de los árboles, especialmente del cedrón. No añoro los eucaliptos porque no sirvieron para otra cosa que pasa secar los humedales que existieron en abundancia, especialmente, en la región de El Chupadero. Esos árboles están muy bien en su continente de origen, Australia, lo mismo que sus canguros. Ni que decir tiene que añoro los cuyes, los que tenía mi abuela por decenas en la cocina y a veces se tropezaba con ellos. Los quiero para verlos y no precisamente para comerlos, aunque su carne, indudablemente, es exquisita y se consume con fruición en la mayor parte de países de América del Sur. Hábitos de cultura, que no son ni buenos ni malos, simplemente existen y se respetan sagradamente.
Pienso que debe de haber algún determinismo geográfico para que uno quede moldeado de por vida por haber nacido y haberse alimentado en determinada región. Con qué alegría íbamos desde niños -con unas cestas de bejuco- hacia el vergel del Convento de los Padres Capuchinos, donde nos atendía de agrado el hortelano de nombre Javier: allí escogíamos las mejores coles, remolachas, rábanos, coliflores, zanahorias, acelgas y algunas hierbas aromáticas destinadas a la preparación de nuestros alimentos. Pero también nos nutrieron con productos naturales como leche, quesos, mantequilla, huevos, papas, ocas, ollocos, habas, nabos, maíz, cebada, trigo y con muchas frutas de la región como: uvillas, naranjillas, frutillas, ciruelas, cherches, charmolanes, chaquilulos, caimitos, mortiños, motilones, capulíes.
Y hasta comimos sancia, una baya silvestre que nos dejaba manchada la boca y después de la cual no se podía tomar comidas de sal. Nuestras mamás nos miraban la boca para establecer si no nos habíamos metido a algún matorral a saborear la antedicha baya, porque la mezcla con sal resulta supremamente tóxica. Lástima, digo yo, que hubiéramos tenido que ir a la escuela o al colegio, en lugar de habernos dedicado -de por vida- a vagar por todas las aldeas de nuestro bello y verde municipio, conociendo la Naturaleza y la gente, fuentes inagotables de conocimiento.
Por esa época, los alrededores de Túquerres estaban llenos de hermosos bosques donde habitaban conejos, comadrejas y, más allá, venados, especialmente, el tan apetecido soche. Por las aldeas de Ipaín e Iguá (o Iboag) cazamos torcazas y por Guasí conejos y pavas. Por este último lugar anduvimos alguna vez con unos buscadores de sochi, entre los que se estaba el futuro presidente-cazador Guillermo León Valencia. Afortunadamente no se apareció ningún animalito, porque lo más probable es que hubiera perecido víctima de los perros de presa o de las balas certeras de este último personaje.
También anduve con amigos recorriendo, con regocijo, las aldeas de Esnambud y Tecalacre (donde había trabajado mi abuela, de maestra rural), pasé Chaitán, Tutachag y Chananrro, por Cualanquisán, Nangán, Tutambud, lo mismo que por Guasí (donde disfruté mis vacaciones de verano en dos oportunidades), también por Yascual y por Tecalacre (antes Tecalaquer). Desafortunadamente muchos de esos topónimos ya no existen por el proceso de “blanqueamiento” que se da entre los mismos indígenas quienes no desean ser tales, para nada. Sólo la resolución patriótica de algún gobernante o del Concejo Municipal le devolvería a Túquerres sus nombres primigenios, principiando por su propio nombre.
Estando yo estudiando en Moscú, un amigo chileno me hizo caer en cuenta de que mi ciudad tenía nombre típicamente indígena. Me dio mucha curiosidad y por eso después me puse a estudiar los libros de mi pariente el lingüista Sergio Elías Ortiz Shalom, quien me dejó deslumbrado por sus averiguaciones sobre lenguas aborígenes de Colombia, especialmente las del suroccidente. Desafortunadamente los trabajos de ese académico -pionero de lo estudios glotológicos en Colombia- casi no se conocen, aunque sí se publicaron, lo mismo que sus trabajos sobre historia.
En cualquier caso me enorgullezco de que Túquerres (mejor sería Tákerres, compuesto por los lexemas “Taques”, nombre del antiguo cacique y “res”, lugar, en lengua pasto) tiene nombre de procedencia indígena y de que no fue fundada por español alguno, porque allí ya existía un poblado donde sus habitantes nativos vivían de cultivar la tierra y estaban listos a defenderla, como había ocurrido en tiempos pasados cuando los incas intentaron apropiarse de tan ubérrimas tierras. Fue entonces cuando se inmortalizó su cacique Karatar, quien encabezó la defensa de su terruño, derrotando y alejando a los ambiciosos del sur.
De niño me eran familiares los apellidos de mis compañeros de clase: Ascuntar, Aucúg, Cuasquén, Chalpartar, Getial, Mayag, Piscal, Suratá, Taques, y muchos más. Sólo después supe que eran de originarios de la lengua pasto, desaparecida durante el colonialismo español. Pero de adolescente me llamaban mucho la atención apellidos que tenían dejo extranjero como Casetta, Citelli, Balseca, Betancourt, Feuillet, Garzón, Helfer, Knudson, Mettler, Leiton, Leroux, Citelli, Thomas, Santiusti, Viteri, etc., sin duda de emigrantes, que en diverso tiempo vinieron, especialmente en pos del oro de las minas de La Concordia y El Cristal, adonde venía el mismísimo Rockefeller. Sólo el apellido Leiton, tiene que ver con descendientes de un militar inglés de la Legión Británica que invitó Bolívar, como contingente internacionalista que intervino en la liberación de Colombia en la segunda década del siglo XIX.
Otros apellidos como Estrada, González, Salazar, son de inmediata procedencia paisa. Los demás, hispanos, común y corrientes, como Arteaga, Díaz, Benavides, Bolaños, Burbano, Caicedo, Campos, Castillo, Castro, Cerón, Coral, Cortez, Chacón, España, Erazo, Flórez, Goyes, Guerrero, Guerrón, Hernández, Ibarra, Ortiz, Rodríguez, León, López, Mantilla, Martínez, Moncayo, Mora, Moscoso, Osejo, Paredes, Pantoja, Reyes, Rivera, Rosero, Rueda, Saldaña, Solarte, Tarazona, Vallejo, Velasco y Villota, entre otros y se los encuentra en diversas partes de Colombia y América. Claro que algunos de los nombrados son endémicos de Nariño como Erazo, Rosero y Solarte.
Hablar de los nombres, nos ocuparía varias cuartillas, por lo variados y algunas veces arcaizantes como Clarencio, Mugre, Eduarda, Fausta, Hermenegildo, Leoncio, Posidio, Teodelinda, etc. De los apodos recordamos: Bienytú, Cachimba (La), Chalanas (Las), Chiguaco, Chipoco, Chirapo, Cuco (El), Coleto, Diablo (El), Doctor Mugre, Flota Magdalena (mote dado a una familia entera que se vestía de amarillo), Guachimina (La), Guarinica (El), Juan Yegua, Paguaya (La), Pajaritos (Los), Pechente, Pedorras (Las), Petronilas (Las), Puchunga (El), Satanás, Todobrazo, pero son muchísimos más y con su propia historia. Buena parte de ellos, hereditarios.
Hablando de onomástica (nombres, apellidos y apodos), bueno es recordar que a los tuquerreños nos llaman también cantarranos (del canto de las ranas) y hacheros, posiblemente porque nuestros paisanos fueron grandes depredadores del bosque, para convertir nuestra sabana y nuestras lomas en terrenos de labranza. La prueba es de el bosque está prácticamente ausente en nuestro municipio y, de contera, no tiene programas de reforestación. El minifundio lo impide. Lo de “hachero” tiene, además, connotación política, porque así llamaban en los años 40-50, los “hermanos godos” a los liberales, especialmente de la vertiente gaitanista. Se dice que Gaitán quería tanto a los liberales tuquerreños que en una de sus visitas les entregó a sus copartidarios unas pequeñas hachas de acero que les mandó confeccionar.
De los personajes importantes recordamos siempre los nombres del gran poeta Aníbal Micolta, formado en Europa y autor de inspirados versos; Víctor Sánchez Montenegro, autor de nuestro hermoso himno (“Nuestro pueblo demora en las faldas…”); Manuel Benavides Campo, filósofo y letrado, quien fuese secretario privado del insigne José María Vargas Vila, en París; el científico botánico Luis Eduardo Mora Osejo; el pintor, maestro Manuel Estrada; el geógrafo Benhur Cerón; el oceanógrafo Harold Santacruz, los matemáticos Luciano Mora Osejo, Edgar Osejo Rosero y Servio Tulio Erazo, el músico Elías González, autor de la melodía del mismo himno y varios otros intelectuales conocidos más allá de nuestras fronteras por sus grandes elaboraciones del espíritu.
Es justo recordar que buena parte de nuestra intelectualidad tuquerreña se vio forzada a salir a raíz de los terribles terremotos de 1935-1936, la misma que nunca volvió. Igualmente sus hijos nacieron, crecieron y se formaron en otros medios como Pasto, Cali y Bogotá. Sin embargo, ha sido preocupación constante de los lugareños procurar la educación superior para sus descendientes. Es por eso que hay centenares de profesionales tuquerreños formados en Colombia y el exterior desempeñándose en los más variados campos del saber.
Siempre me he preguntado que con todo ese -nada despreciable- acervo de información que da ser de Túquerres -o de cualquier otro municipio de Colombia- cómo no producir una obra de descripción, de experimentación, de taxonomía o de reflexión que valga la pena. Por lo visto estamos sumidos dentro del más grande marasmo intelectual debido a la educación repetitiva y enana que propician en nuestros colegios y se orquesta desde los ministerios, para que la nación no piense. Y nada va a reemplazar lo que construye y forma de verdad. Menos van a contribuir los medios de información, de cara a lo banal, lo cursi, cuyo designio en los últimos tiempos es la farandulización de la conciencia de la gente.
Estamos frente a una nación aletargada por los medios y, de contera, que no lee, no pregunta y no busca otros horizontes. La mayor parte de profesionales son de formación absorbente, no están en la interdisciplina y, por lo tanto, no ven más allá de la parcela de su antropología, ingeniería o medicina, independientemente de que tengan una cosmovisión determinada, pero que no deja que no deja de ser una opinión aficionada sobre muchas cosas, si se quiere no pasa de ser un conocimiento precientífico o simplemente folclor (sin demeritar el saber popular que se esconde tras esta palabra).
Como añoro ese despertar que tuve en Túquerres en esos años, antes de que muriera mi madre y antes de que la vida me llevara por distintas latitudes en pos del saber. Nunca entendí por qué tenía yo que irme a miles de kilómetros para tener un diploma que acreditara un conocimiento que, en principio, se puede adquirir en los libros. Nunca necesite de experimentos en tubos de ensayo, en probetas o en sofisticados aparatos. Sin embargo, para mí está muy claro que el hecho de conocer, in situ, otras culturas, otras formas de organización política y social y otras costumbres e idiomas, es mucho lo que se enriquece el pensamiento, el vuelo del espíritu y el temple del cuerpo y del alma.
Ningún padre debe rehusar a que su hijo (a), desde muy temprano, rompa el cascarón y se vaya a otros lares a estudiar, principiando por la capital del departamento, de la república, a una nación vecina o lejana que puede estar en otro continente. Ahora es supremamente fácil comunicarse con cualquier punto del planeta y en el momento se puede comprobar que tu hijo está vivo y, como si fuera poco, qué está haciendo. No para monitorearlo y preguntarle qué va hacer la próxima hora, si ya desayunó y con quien estuvo, sino para aprender -junto con él- cómo se siente y se piensa en otros países. Eso es lo que realmente educa y enaltece el espíritu y crea consciencia de ciudadanos del mundo.

Comentarios

  1. El apellido Feuillet es originario de Francia pero llevado a Nariño por el peota y militar panameño Tomas Martín Feuillet quien murió en Piendamó en 1862.

    Estamos investigando sobre su descendencia en Colombia que parece ser mucho más numerosa que en Panamá, donde dejó solo un hijo.

    https://www.facebook.com/Tom%C3%A1s-Mart%C3%ADn-Feuillet-1832-1862-poeta-Rom%C3%A1ntico-paname%C3%B1o-119016564823942/

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