MI ESCUELITA SECUNDARIA


Por: Eduardo Rosero Pantoja

Prefiero llamar así a mi colegio, en lugar de “institución educativa”, que es una forma de discriminar y arrinconar a los establecimientos públicos, para reservar el término de “colegio” a los planteles privados, donde estudian -con frecuencia- personajillos que parece que fueran hijos del Sol. No me ha hecho ninguna gracia que mi colegio se llame “San Luis Gonzaga” en nombre de aquel jesuita que se murió a los 23 años, víctima de la peste, sin haber hecho mayores logros en la vida. Lo de santo, es producto de intrigas y amañadas demostraciones de los que defienden milagrerías. Lo que si cuenta es que mi escuelita tiene más de 100 años y allí se han formado miles de jóvenes, entre los que se destacan científicos de la talla del insigne académico, el botánico, Luis Eduardo Mora Osejo, fallecido en 2004 y quien hiciera aportes científicos de trascendencia mundial. Dirigió por espacio de 20 años (1982-2002) la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y es quien ha dado brillo a Túquerres desde que fue estudiante del mencionado plantel educativo.

Advierto que detesto los términos bachillerato y bachiller. Siendo colegial nunca me preocupé por saber su etimología y sólo recuerdo que un día mi tío Eduardo me dijo en tono de reproche: “hablas como un bachiller” referido esto a que en esa época me dio por hablar mucho y a la vez ser impertinente. Es un uso figurado, por cierto, válido. Pero las acepciones fundamentales de “bachiller”, que vienen de la Edad Media, son: caballero (hombre de a caballo) que no contaba con bastantes vasallos para hacerse preceder de una bandera”. Y ese otro “bachiller” que viene de las voces latinas “bacca”, baya y “laureatus”, laureado, que conformaron el vocablo “baccalaureatus”, título que se daba a quien terminaba con éxito sus estudios y se le coronaba con laurel que tuviera adheridas sus pepitas o bayas, para simbolizar que había fructificado su esfuerzo.

Recuerdo que mi papá me llevó a matricular en agosto de 1955 y que el acta la hizo don Miguel Garzón (de mote El Diablo), secretario habilitado. El valor de la matrícula fue de cinco pesos, algo cercano a los cinco dólares. Fue mi único pago durante los seis años de estudio porque en adelante siempre fui eximido de cualquier coste por haber sido siempre el mejor del curso y varias veces de todo el colegio. El rector era don Julio César Feuillet, un hombre grueso y atildado, de origen francés, con quien pocas veces nos cruzamos palabra. Era lo normal la distancia que imponían los directivos y aún los profesores fuera de clase. Creo que no pasábamos de ser unos 200 colegiales lugareños y unos cuantos venidos de Samaniego y Ancuya, poblaciones donde los establecimientos públicos sólo tenían hasta cuarto de bachillerato. Recuerdo que era interesante hablar con esos jóvenes procedentes de otros lugares, casi siempre de clima tibio, con y hábitos y trato un poco diferente.

No me puedo olvidar del primer día de colegio y de su canallesco recibimiento por parte de los estudiantes mayores. Nos persiguieron por todo el patio hasta darnos caza y luego, con rudeza, nos colgaron de nuestro cinturón -y de cara al patio- a las perillas de las puertas -cerradas- de los salones, sin que pudiéramos soltarnos o si lo hacíamos correríamos el riesgo de irnos de bruces contra el piso, que quedaba a una distancia considerable ya que éramos niños de pequeña estatura. Cuando ya nos bajaban, después de proferirnos ofensas verbales, nos bajaban para llenarnos el pecho de hierba, sin ningún miramiento. Sin duda que dichas mañas tienen origen en los cuarteles donde les dan la llamada “salada” a los nuevos soldados que ingresan en la milicia. Hasta esa palabra fatídica la llevaron, sin falta, de las casamatas. Después de 55 años de tal oprobio espero que esa mala costumbre haya desaparecido de los colegios y en cambio se de una recepción acogedora a los jóvenes, ojalá con una semana de inducción por parte del establecimiento.

Haciendo un recuento de lo que aprendí en la secundaria tengo que consignar que inicialmente fue una especie de Trivium, como en la Edad Media, con una enseñanza fundada en la gramática, con énfasis en la etimología, la ortografía y la prosodia. Mi profesor de gramática castellana fue el mismo “Diablo”, o sea don Miguel Garzón, hombre de aspecto severo, aunque ligeramente sonriente. Por la rigidez y precisión con que nos enseñaba la teoría gramatical (categorías, inflexiones verbales, desinencias, prefijos, sufijos y afijos, etc.), puedo colegir que esa materia la asimiló con dificultad, pero con juicio. Importante aporte el suyo para nuestra formación porque, casi inmediatamente después, esas mismas enseñanzas nos sirvieron para abordar el aprendizaje del inglés, el francés y el latín, que nos impartió el profesor Julio Flórez Padilla, oriundo de Ricaurte, Nariño, y uno de los primeros licenciados de la Universidad Pedagógica de Tunja.

A propósito de este profesor debo decir que de casualidad supimos que él era un gran conocedor de la literatura colombiana. Un día que la rectoría anunció la reparación del teatro de nuestro colegio, el mencionado maestro nos dijo que aprovecháramos la ocasión para una charla que él nos dictaría, en el Día del Idioma. Efectivamente la charla se dio y fue sobre el poeta José Asunción Silva. Resultó la charla una verdadera disertación sobre el mencionado poeta. Qué brillantez de exposición, acompañada de la recitación más profesional de buena parte de los versos del poeta citado. Desde allí siempre he pensado que tiene más calado en la mente de los estudiantes, la intervención erudita de un conferencista, que la monserga diaria de un profesor que aunque sepa su disciplina, termina sumiendo a sus alumnos en el aburrimiento. Es posible que algunas materias, como los idiomas, necesiten del repicar diario para consolidar los conocimientos, pero hay materias, como la literatura que requieren de inspiración, la que sólo puede dar el escritor o el poeta emocionados.

Parte de ese Trivium sería, de alguna manera, la caligrafía que nos enseñaron. Al comienzo nos preservaron la letra que ya teníamos, pero allí llegó otro diablo, o mejor, una diablesa. Ésta sí muy joven y bella, la misma que vendría a enseñarnos “a escribir bien”, pero escritura femenina traída servilmente de gringolandia y llamada Palmer. Dicha maestra de nombre Josefina López vino a enseñarnos a rajatabla esa letra unida y monótona que no se compadecía con la hermosa letra de estilo inglés que me había enseñado mi madre y luego perfeccionado mi abuela. Qué desencanto tuve al ver mi letra igualada a la de las niñas del colegio Teresiano. Es como si me hubieran puesto falda. En medio de mi confusión yo decía para mis adentros: “no habrá una ley o una autoridad que le proteja a uno su letra”. El caso es que mi intuición provinciana no estaba errada. Cincuenta y cinco años después, una disposición del Ministerio de Educación viene a proteger el derecho que tienen los niños a tener letra propia como parte de su personalidad. Si esa ley hubiera existido en mi época no habría dañado mi letra y me habría ahorrado la frustración de escribir a contrapelo. Todavía comparo esa letra Palmer con el andar de un duende que camina con las patas al revés.

Fuera de influencia positiva del profesor Flórez Padilla, a partir de su charla, tuve la suerte de tener como iniciadores en el quehacer literario a dos personalidades cultas, padre e hijo: los profesores Guillermo Cerón Mora y Guillermo Cerón Álava, ambos igualmente matemáticos y considerado el primero, en su tiempo, como el mejor matemático de Nariño. Pero el caso es que ese maestro me inició por los caminos del teatro, cuando me invitó a formar parte de su grupo que ensayaba en los salones de la Sociedad Girardot, entidad dedicada en Túquerres -desde hace decenios- al fomento de la cultura. Recuerdo que el profesor Guillermo Cerón Mora me entregó el libreto del drama “Un hijo del pueblo”, del distinguido letrado del siglo XIX José María Samper. Fueron varias las veladas que me dedicó para que yo me aprendiera al dedillo ese texto. Luego vinieron los ensayos y la actuación frente al público y creo que -para haber sido mi primera experiencia en las tablas- no lo hice mal. Todo lo contrario: mi papel en la obra, de niño hambriento, a causa del descuido de mi desconsiderado padre sindicalista, me permitía mostrar el hambre -a través de la glotonería- cuando el cura del pueblo llevaba carne, papas y pan, para mitigarnos la necesidad de comida a mi abuelito y a mí. Recuerdo que los aplausos no se hacían esperar. Recurso efectista que no venía mal para alegrar un tanto el ambiente de pesadumbre que causa la obra.

En cuanto a las otras materias del Trivium tuvimos un curso serio de etimologías griegas y latinas, ortografía intensa teórico-práctica y la prosodia, en constantes clases de lectura de prosa y poesía, donde el maestro hacía énfasis en las entonaciones requeridas para cada caso. Nos gustaba la oratoria, aunque no tuvimos maestros de ese arte, pero si escuchábamos con atención los discursos elocuentes de Alberto Lleras Camargo y de alguno que otro clérigo capuchino que mostraba buenas dotes de orador en los sermones de los domingos o de semana santa. Alguna vez sí pudimos oír la grabación en acetato de Jorge Eliécer Gaitán, cuyos discursos llenos de fogosidad y de sapiencia, nos dejaron gratamente impresionados. Algo parecido ocurrió con el disco del “Sueño de las Escalinatas”, en la propia voz de Jorge Zalamea, destacadísimo poeta bogotano, de gran sensibilidad social. En el último año del famoso “bachillerato”, tuvimos la suerte enorme de haber tenido como profesor de literatura colombiana a don Pedro María Dávalos, distinguido escritor y poeta tuquerreño, conocido en todo el país, por sus poemas y por su brillante inteligencia. Tal sólo un librito de sus propias sentencias nos queda, pero sí que nos dimos el gusto de haberlo escuchado hablándonos emocionado de la vida y obra de muchos literatos.

El Quadrivium que sigue al Trivium no se hizo esperar en nuestra enseñanza: pues vinieron la aritmética, la música y la geometría. Claro que no nos dieron astronomía, y es un vacío injustificable que han tenido todos los colegios de Colombia interrumpiendo una loable tradición que nació en Popayán con el sabio Caldas y que incomprensiblemente se acabó, con lo cual nos pusimos de espalda a las estrellas y al desarrollo de la investigación del espacio. Quiero citar el caso de Rusia, país que nunca han interrumpido la investigación del cosmos y en cuyo pénsum escolar está el estudio de la astronomía. De allí que sus éxitos en la conquista del espacio sideral no se hayan hecho esperar, estando siempre a la vanguardia mundial. Sin duda que será con el estudio de elementos de astronomía como nos vamos a preparar para aprovechar las becas que Rusia da a los colombianos para que nuestros jóvenes estudien construcción de naves espaciales. Por ahora no se vislumbra un cambio del currículo del bachillerato, en un sentido progresista y de cara a tener tecnologías de avanzada, basadas en la indagación por los caminos de la ciencia

Debo retomar los nombres de mis profesores, Guillermo Cerón Mora y Guillermo Cerón Álava, padre e hijo, quienes me impartieron conocimientos de álgebra. El primero en los inicios del curso y, el segundo, en su continuación debido a enfermedad de su progenitor, a quien reemplazó -temporalmente- en la cátedra. Puedo decir que esa forma abstracta y compleja que tiene el álgebra de representar las cantidades, produce una especie de fascinación en los jóvenes, la misma que obliga a aprender la disciplina con seriedad y precisión. Desafortunadamente esos se echan en saco roto cuando el bachiller se enrumba por los caminos de las ciencias humanísticas. De paso digo que el profesor Guillermo Cerón Álava, a pesar de tener formación matemática, fue quien me orientó un curso de castellano, con énfasis en el periodismo nacional, enseñanzas que marcaron bastante mi vocación por la escritura, actividad que si bien no ejercido como profesión, en los últimos años no he dejado de ser columnista de varios periódicos y revistas nacionales. Mi producción de canciones también tiene que ver, de alguna manera, con esa vocación de escribir que nació en mí en esos años de la secundaria y, en buena parte, al impulso de las enseñanzas de mis profesores.

Con agrado debo decir que tuve un buen curso de dibujo lineal, con énfasis en la perspectiva y también algo de dibujo de figuras de animales y de humanos. El maestro fue don Francisco Garzón Thomas, descendiente de franceses, de esos que en otro tiempo vinieron junto con noruegos y de otras nacionalidades a explotar el oro de la minas de la Concordia y El Cristal, cercanas a Túquerres. Pero este mismo profesor, quien había sido militar en otros años, también nos inició en la educación física, con todas la de la ley: calentamiento, marcha, trote, salto, diversos ejercicios corporales y trabajo continuo para conseguir el mejoramiento de la salud física. Bella tradición iniciada en mi colegio, que después continuaron los licenciados de la Universidad Pedagógica de Tunja, como lo fue el profesor bogotano, Laureano Gómez, quien nos hacía trotar en las dos horas de Educación Física, algo cercano a los 20 kilómetros. También teníamos deporte, pero éste pasaba a segundo plano porque la mayor parte del la atención del plantel estaba puesta en la educación física que da disciplina y salud física y mental. Desgraciadamente la educación física está de capa caída en la secundaria, donde a lo mucho si practican el fútbol en las conocidas recochas de colegio.

No puede quejarme en la formación que el colegio me dio en cuanto a anatomía, biología, física y química. Prueba de ello es que varios de mis compañeros se fueron por carreras vinculados con esas ciencias naturales y obtuvieron sus títulos en agronomía, veterinaria y oceanografía. En este campo del saber recuerdo los nombres de consagrados profesores, en su orden, según la disciplina: el doctor Horacio Noguera (anatomía), Silvio Ibarra (biología), Luis Eduardo Insuasty (biología) y Edgar Paz Guerrero (física y química). Los tres últimos, distinguidos profesionales de la Universidad Pedagógica de Tunja. Desafortunadamente ninguno de estos profesores de las ciencias naturales nos comentó -tal vez lo ignoraría, a propósito- de la gran prestancia nacional e internacional del mencionado sabio tuquerreño, coetáneo de ellos, el doctor Luis Eduardo Mora Osejo. Qué bien nos hubiera sentado habernos puesto en contacto con ese sabio investigador, tal como lo hacen los jóvenes colombianos -de estos días- que le siguen la pista al meritorio científico Manuel Elkin Patarrojo.

La historia universal fue impartida por el profesor Lucio Castillo, hombre de recias lecturas y de preocupación constante por saber el origen de las revoluciones modernas como la revolución industrial inglesa, la revolución francesa y la revolución rusa, tratando de escudriñar las causas -mediatas e inmediatas- económicas, sociales y políticas de esos trascendentales acontecimientos. Desgraciadamente, por falta de tiempo, no pudimos ver la revoluciones china y cubana, que tuvieron -de alguna manera- mayor influencia en el acaecer político de América Latina. La geografía y la historia de Colombia fueron orientadas por el también licenciado de la mencionada universidad, profesor Everardo Cortez, con profunda preparación por los campos de la historia, la geografía y la economía colombianas.

Para completar con la educación de unos imaginarios Trivium y Quadrivium no podía faltar la lógica y la filosofía. La primera nos la impartió el sacerdote Servio Tulio Caicedo, hombre rígido y de formación absolutamente confesional. Nos impuso el manual de lógica del padre José Rafael Faría, que nos obligaba a aprender de memoria. Con dicho sacerdote saqué, en una oportunidad, el tres de mi vida y tuve que hacer un esfuerzo extraordinario para mejorar la nota y también para tratar de convencer al cura que no se puede transmitir el saber sólo a partir de una enseñanza memorística. Asunto que lo le habría gustado al autor de ese manual, hombre de enorme preparación y reflexión, a pesar de sus convicciones conservadoras. Menos mal que nuestro profesor de filosofía, en sexto de bachillerato, fue el licenciado Segundo Lagos, también egresado de la UPT, quien nos enseñó las principales teorías político-sociales de la época como eran el socialismo y el comunismo, haciendo exposiciones más o menos neutrales, independientemente de que él no compartía varios momentos de la teoría y práctica de esa ideología que se puede resumir en una sola unidad amplia.

Todos esos profesores, que nos acompañaron en los cursos, dejaron enormes inquietudes en nuestras mentes y son motivo de nuestro perenne agradecimiento por haber llevado la luz a la provincia lejana, la que por fortuna ha tenido encendida la llama del saber, merced al esfuerzo de todos los maestros y profesores que han consagrado su vida a orientar a los niños y jóvenes en el complicado proceso de iniciarse en el dominio de disciplinas que cada día se fortalecen y, son los pilares, del funcionamiento físico, moral y emocional de la sociedad. A todos esos educadores va un sentido muchas gracias, a pesar de que ya no se encuentren entre los vivos. Creemos que su esfuerzo no se ha perdido porque su aporte intelectual ha germinado y crecido como una semillita que el viento esparció aquí y allá.

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