MI HERMANA MAGDALENA (Semblanza)

Por: Eduardo Rosero Pantoja


A la memoria de mi hermana Magdalena


Con dos años menor que yo, la vi crecer normal hasta los cuatro años, tiempo en que empezó a

tropezar y a caer. Mis papás la llevaron adonde el doctor Luciano Ramírez y luego adonde el

doctor Eduardo Osejo Peña, quienes, cada cual por su lado, conjeturaron que la causa de su

dolencia era una supuesta falta de calcio, razón por la cual empezaron a administrarle ese

mineral por medio de pastillas e inyecciones. Posteriormente esos galenos dijeron que era una

parálisis infantil lo que la aquejaba. Para la cojera de la niña, le recomendaron unas muletas,

que al poco tiempo estrenó, unas de madera, de color rojo, las mismas le quedaron cortas, por

el natural crecimiento de sus huesos. Que yo recuerde, un par de veces se las mandaron alargar.

Por todo el tiempo que me acuerde las conservaron en el soberado (zarzo) nuestra casa paterna

de Túquerres, abajo del barrio San Francisco.

Magdalena conservó siempre sus rasgos de personalidad: jovial, asertiva, talentosa y

autosuficiente. Rara vez le prestamos ayuda para hacer todas las actividades que necesitaba

desplegar a diario, conducta que conservó hasta los 77 años (murió de 79). cuando,

definitivamente, ya perdió el dominio de sus brazos. Ella aprendió a leer de la mano de mi

mamá y de mi abuela, quienes la adelantaron en varias materias, más o menos, siguiendo los

libros y los cuadernos míos y los de mi hermano Hugo, dos y un año, mayores. Después de la

muerte de nuestros padres, Magdalena terminó su bachillerato con la ayuda de la Madre María,

una monja española, amiga de ella y de toda la familia. Por esos mismo tiempos Magdalena

comenzó a interesarse por el dibujo y la pintura, actividades en las cuales mostró singular

talento, especialmente, dibujando rostros. Cómo no recordar la cara de Fidel Castro, con su

gorra de Comandante. Esa foto la conservo en un sitio recóndito de mi biblioteca, como el mejor

recuerdo de ella y de sus acendrados afectos políticos.

Antes de cumplir los ocho años, Magdalena hizo la primera comunión, junto conmigo que tenía

ya casi 10 años y Hugo, nueve. Mi mamá, profundamente católica creyendo, le inculcó a la niña,

que la Virgen de Las Lajas, le haría el milagro de quitarle su cojera y parálisis que avanzaba sin

tregua. Los centenares de muletas que se exhibían, a lo largo del acceso a dicho santuario, le

infundían a la gente, la idea de que allí se hacían milagros y mi hermana, con fe ciega así lo

creyó. Y fue creyente, hasta ese día, a partir del cual renegó de toda idea loca de que ocurrían

milagros, en alguna parte. Fue descreída toda la vida y eso le sirvió para tener fuerzas para

luchar contra todo tipo de retos, tragedias y privaciones. Era como un bastión adonde nos

acercábamos siempre en busca de consejo y abrigo espiritual, tanto en Ipiales, Popayán, Cali,

Candelaria, la vereda de San Isidro de Palmira y Villa Gorgona, corregimiento de Palmira,

lugares donde vivió, por tiempos.


Después de la muerte de mi madre (1961) y de mi padre (1966), mi abuela Teodelinda, lo mi

hermano Vicente y mi hermana Melba, se ocuparon plenamente de ella. Esa estafeta la tomó

mi hermana Mary, bajo su entera responsabilidad, a partir de 1992, año en que mi hermana

Mary se la llevó a vivir consigo a Cali. Con el dinero de la casa de Ipiales, en la Vivienda Cristiana

No. 17, se compró una casa en Popayán en la carrera tercera y con el producto de la venta de

este inmueble, Magdalena, con la ayuda de Mary, compró una casa rural, en la vereda de Isidro,

contigua a la casa de los japoneses, emigrantes venidos a la región, a finales de los años 40 y

dedicados a las labores agrícolas.

La necesidad de que mis sobrinos Adriana, Ronald, Michael y Giselle, obtuvieran instrucción,

hizo que mis hermanas, Magdalena y Mary, se trasladaran a Cali, donde los jóvenes pudieron

estudiar en diferentes instituciones, con el objeto de prepararse para la vida laboral. Por

asuntos de trabajo, toda la familia, menos Michael, se fue a vivir a Villa Gorgona, donde

alquilaron una casa en una apacible urbanización, adonde fui, en compañía de mi esposa Diana,

a visitarlos, con bastante frecuencia. Después de la visita nos hospedábamos en un modesto

hotel, para después regresar a Armenia, nuestra ciudad de residencia. Nunca dejamos de

apoyarlos económicamente y de comprar algunos útiles necesarios para la comodidad de mi

hermana Magdalena. Nuestras visitas, era especialmente gratas, porque podíamos dialogar con

ella y recordar algunas anécdotas familiares, que por el paso del tiempo, se iban quedando en el

olvido.

Ahora mi hermana ya no está entre los vivos. Por el rastreo que hicimos en las redes sociales,

supimos que Magdalena ha muerto en octubre y que el registro de su deceso, se ha hecho en

Cali, el 23 de ese mes. Me duele en el alma su muerte, pero a la vez, siento un gran alivio en el

alma, al saber que ella descansó de tantas privaciones a lo largo de su vida. Cómo olvidar que

nunca más pudo caminar, que no podía ver la calle, con excepción del pedazo, que veía detrás

de los visillos de Túquerres y de otras localidades donde ella vivió. Que no pudo asistir a un

establecimiento de educación y muchas limitaciones más. Claro, que siempre que podíamos, la

sacábamos a pasear en algún transporte público. Mi mamá la llevó, en 1950, a Barbacoas, en

busca de alguna curación. Más de una vez fuimos de visita adonde mi tía Cecilia; estuvo en Cali,

visitando a la tía Rosa, amén de varios paseos que le dio Vicente, por diversos lugares de

Túquerres y Samaniego y, sin falta, una que otra entrada a Tulcán en la frontera del vecino país.

En años recientes, mi hermana Mary la llevó a visitar a nuestro hermano Hernando, al ancianato

de Chinauta y, por una sola vez, a Bogotá.

Nada material deja mi hermana Magdalena y sólo quedan de ella, excelentes recuerdos de

paciencia, abnegación, prudencia, rectitud, fuerza espiritual y talento. Pocas personas, de las

que he conocido reúnen esas cualidades humanas que son indispensables para resistir las

pruebas que la vida nos da en cada momento. Mis seres más cercanos saben, perfectamente, del

ser humano que he perdido y comprenden el natural abatimiento que me acompaña. Muchas

gracias a todos ellos por su humana solidaridad.

De colofón, quiero anexar esta canción que le dedico en su memoria.



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